Me acuerdo de mi primera vez aquí a los 9
años. Me trajo mi abuelo. Estaba triste, él no solía sonreír, pero tampoco lo
había visto triste hasta entonces. Aquí me explicó con serenidad y delicadeza
que la abuela estaba enferma, estaba muriéndose. Siempre recordaré aquél
sonido, el sonido del corazón de mi abuelo partiéndose en dos. Un trozo se lo
llevó mi abuela y el otro me lo quedé yo cuando él se fue. Volví a mi
acantilado en las dos ocasiones, a llorar a mis dos corazones. Con 16 años regresé,
necesitaba gritar, esta vez de euforia y alegría, por mi primer beso. Me tumbé
al borde del acantilado mirando hacia abajo, sonreí y soñé durante casi dos
horas, hasta que entumecida por el frío volví a casa. Ya no pisé aquél lugar
hasta años más tarde, cuando necesité reflexionar y llenar mi ser de fuerzas
para superar el cáncer de mi madre, algo muy repentino que me asustaba
profundamente, pero confié en las fuerzas de aquél paisaje eterno. Poco después
me arrastré hacia allí y lloré, grité, me desgarré por dentro. Mi madre, tras
mucho sufrimiento, murió. Lo curioso es que descansé mucho después de ese día,
creo que los sentimientos me tenían agotada y sin fuerzas, el poder vomitarlos
literalmente por el acantilado me ayudó. Ese día no hacía frío, tampoco calor,
el lugar no me afectaba. Toda la energía, el calor y el frío lo llevaba yo
dentro. A los dos años allí comenzó mi luna de miel. Yo recuerdo que el sol
brillaba, pero Aitor asegura que el día era gris. El lugar traslada lo que
siento, yo lo recordaré siempre con sol. Nos tumbamos en el acantilado y le mostré
a Aitor las vistas del mar, de las olas, de la espuma y él me mostró el otro
lado, miramos hacia el cielo. Nos reímos, nos besamos, soñamos e inventamos un
futuro. Fue una tarde maravillosa.
En este momento me encuentro en mi última
visita al acantilado, que tanto me ha ayudado a trabajar y expresar mis
emociones, a valorar mis sentimientos y verme por dentro y por fuera. Me doy
cuenta de que soy una persona que se queda fijada en los disgustos de la vida,
nunca he sido optimista, más bien me considero pesimista. Mi cabeza es más positiva,
pero mis entrañas le dan mucha importancia a lo difícil, a lo molesto de la
vida. Hace tres meses me diagnosticaron un cáncer de útero. Aitor supera rápido
las dificultades, “lo superaremos” dice, “tener hijos no lo es todo” deja caer.
Hace semanas que no nos abrazamos. Yo no soy como él. Así que aquí estoy,
haciendo un repaso de mi camino por la vida. No me siento bien, estoy hundida,
destrozada, angustiada y aterrorizada. No puedo con mi cuerpo, el cáncer me
pesa, el día a día me pesa, ya no puedo más. Sólo tengo fuerzas para llorar, y
desgasto muchas.
Miro al acantilado, está más alto de lo
normal, veo el mar muy lejano. Lo observo durante mucho rato, le doy las
gracias, no sé muy bien a qué, pero agradezco a esta energía todo lo que me ha
aportado. Y lloro. Y sigo llorando. Me acerco otra vez al acantilado a sentir
ese vértigo que da la vida y el lugar. Respiro hondo. Dice la gente que en los
últimos segundos todo el mundo se arrepiente… yo no.