“Nunca, nunca, nunca se olvida a una abuela
tan bonita como lo fue la mía”
13-4-2012
- ¿Te acuerdas
cuando éramos niñas? Cómo nos lo pasábamos en el patio de la abuela… no
parábamos de jugar en nuestra “isla secreta”, ¡qué imaginación! Los tendederos
eran las palmeras en las que nos refugiábamos cuando llovía, los charcos de la
lluvia eran la orilla de las playas en las que nos mojábamos los pies, las
pinzas que se les caían a los vecinos eran los animales que cazábamos para
comer y el tendedero de la abuela era una magnífica chabola en la que dormíamos
cuando había ropa tendida. Jo, qué tiempos aquellos, bendita infancia. ¿Te
acuerdas?
- Si,
claro que me acuerdo, qué bien nos lo pasábamos.
Todos
los domingos comienza la conversación de la misma forma. Todos los domingos voy
a visitarla y todos los domingos hablamos de la “isla secreta” mientras tomamos
el café. Debió de ser importante para ella, debió de disfrutar mucho en aquél
patio con su hermana. Hace un mes que ya no me reconoce, al principio la
corregía – no abuela, yo soy Amelia, tu nieta- pero su cara pasaba de la
ilusión del recuerdo a la tristeza del olvido. No, ya no la corrijo. Prefiero
disfrutar de su cara iluminada, de esos ojos llenos de brillo infantil, de sus
historias tiernas, de sus fantasías. Su cara y su mente viajan a las únicas
imágenes que recuerda con claridad, es precioso escucharla con tanta energía.
La verdad es que es en el único lugar en el que demuestra tanta energía, en “la
isla”, en el recuerdo de su infancia. Su
cuerpo se marchita semana a semana, comienza a ser doloroso verla. Su piel ya
no brilla, ha perdido color y siempre está secando sus ojos, que brillan, pero
por las lágrimas que siempre contiene. Es difícil, antes estaba deseando que
llegase el domingo, ahora me cuesta mucho coger el coche para venir a compartir
un rato con ella. Comienzo a irme con mal cuerpo de vuelta a casa. Pero por
otra parte no puedo no venir a verla, la quiero tanto que me resulta imposible
pensar en la idea de no poder compartir el café de los domingos y la historia
de la isla.
-Bueno,
yo ya me tengo que ir, ¿nos vemos el próximo domingo?
-Si
cariño, nos vemos el domingo, si Dios quiere.
Cómo
odio esa expresión…
20-4-2012
Domingo
otra vez. Me llamaron el miércoles de la residencia, mi abuela ha pegado un
bajón muy fuerte. Va en silla de ruedas y ya no reconoce prácticamente a nadie,
así que me he propuesto pasar cada domingo como si fuera el último con ella, en
“la isla”.
-Hola
abuela, ¿Qué tal?
-Bien.
No me
mira como antes. En sus ojos sólo veo una mirada perdida.
-Ven
abuela, hoy no tomamos el café aquí, nos vamos de viaje.
-¿Qué?
Al
abrir la puerta de su habitación y ver la isla… esa mirada maravillada y llena
de ilusión ha sido mágica. Me han dado permiso para decorar su habitación,
aunque dudo que esperasen algo así. He traído el patio de su abuela. Las palmeras,
los animales, la chabola… solo me han faltado los charcos. Cuerdas de lado a
lado de la habitación con sábanas colgadas, pinzas de tender en las esquinas de
la habitación y, encima de su cama, ropa tendida. Todos los días dormirá en su
chabola. La alegría que ha sentido ha sido indescriptible, durante más de cinco
minutos ha estado observando la isla sin hablar y, después, lo mismo de todos
los domingos ¿te acuerdas cómo nos lo pasábamos…?
18-5-2012
Hace
cuatro semanas que vive en su isla, la disfruta mucho. No conoce a nadie, casi
no habla y comienza a respirar mal por las noches, le falta el aire me dicen.
El domingo pasado ni siquiera me miraba a los ojos, su mirada se pierde y se
apaga, pero en su isla. Llevo una hora con ella y nuestra única posibilidad de
comunicación es el contacto físico, así que le acaricio las manos, presiono
para que sienta a su nieta aunque sólo sea un poquito. No sé si lo hago por
ella o por mí. La debo dejar descansar…
-Abuela,
me tengo que ir, nos vemos el domingo que viene, ¿vale? Te quiero.
-Si
Amelia.
Amelia…
lo ha dicho, mi abuela me ha reconocido… qué gran domingo en la isla, es
mágica.