lunes, 15 de julio de 2019

TU RABIETA O LA MÍA...

Hay días fáciles y días difíciles, la vida es así. Llevamos muchos años en ella y sabemos k a días cuesta más y a días no cuesta nada. Y lo sabemos porque como he dicho, tenemos unos cuantos años de experiencia. Pero aun sabiendo que las rachas son solo eso, rachas pasajeras, nos cuesta igual, lo pasamos igual de mal y nos desesperamos, nos enfadamos. Pero si miramos a un niño o niña, la cosa cambia. Una criatura no puede dar el coñazo de esta manera, no puede tener días de pataletas, no puede explotar a diario ni seguir retando de esta manera más tiempo. Esa criatura si debe saber gestionar lo que nosotros todavía no logramos. Porque nos molesta, porque trastoca nuestra paz, nuestra vida anterior. Pues bienvenido al mundo de la ma-paternidad, que... ¡sorpresa! Ya no es como antes de tener hij@s ni lo va a volver a ser jamás. ¿No lo esperabas? Pues vete haciendo a la idea que esto va para largo. Tendrás días maravillosos y tendrás días horribles, pero esos días jamás son por responsabilidad de tus hijos o hijas, son tu responsabilidad. Porque la mayoría de conflictos, rabietas y luchas diarias son porque no sabemos gestionar, no sabemos gestionarlos y no sabemos gestionarnos. Jamás hay venganza ni vacile en sus acciones y prueba de ello está en que a los 10 minutos actuan como si no hubiesen echo enfadar a la madre que les parió sacando la bestia que hay dentro de ella. "Ya estoy tranquil@, ya he sacado toda la rabia que tenía dentro por no se que motivo, ya me he desahogado y soy la de antes, la adorable. Pero solo hasta la siguiente..." No son adultos, no saben controlar sus impulsos, no saben gestionar sus emociones, no saben anticipar que esto dolerá a papá y mejor me como mis nervios y lo complazco con un abrazo en vez de montar el pollo, no saben salir a correr hasta quemar literalmente esa mala hostia, ese mal día, ese mal momento, ese maldito recuerdo o ese desasosiego que quema por dentro. No os engañéis, los adultos tampoco sabemos y por eso algunos dan un cachete al niño o niña, al perro, a la mesa, gritan o castigan, dan portazos o insultan. Somos iguales, pero con diferentes maneras, somos iguales, pero con más experiencia. No miréis a una criatura desde la superioridad, desde el porqué me estás haciendo esto porque no hay una responsabilidad en sus actos. Solo hay impulsos. Y la única razón de porqué no hay vaciles y responsabilidades es sencilla, su cerebro no les deja, su cerebro no está maduro y actúa por grandes impulsos y aquí entra la maldita amigdala culpable de muchas rabietas en estado de desintegración. Esos momentos en que grita y patalea fuera de si desgañitándose. En esos momentos no escucha, no razona, no comprende, el cerebro no conecta porque la amigdala no le deja pasar información de la parte emocional a la lógica. Y no, ahora no solo hablo de niñ@s, también actuamos así los adultos con nuestra amigdalita en por ejemplo... el coche, el futbol, el ordenador, dolor, rencor... No juzguéis a l@s más pequeñ@s, porque l@s adult@s somos muy parecid@s. Crecerán y algún día pensaremos eso de... Donde está mi bebé, donde está esa pequeña criatura, cuando ha pasado tan rápido el tiempo, quiero volver atrás. Y no, no podrás. La sensación es que el momento perfecto o pasó o está por pasar, así que intenta ser feliz en el aquí y en el ahora.


miércoles, 16 de marzo de 2016

6 MESES DESPUÉS


Igual que con el primer relato, aquí estoy, con Oier en brazos escribiendo emocionada. Se ha quedado dormido encima de mío, en mis brazos, en mi abrazo.

Ya han pasado seis meses desde que Oier decidió venir al mundo, venir a descubrir la vida, nacer para asombrarnos cada día, tener un sitio en esta familia y observar absolutamente todo con esos enormes y maravillosos ojos. Desde que me fundí en un abrazo con él, no he parado de mirarlo, de enamorarme, de querer besarle. Es curioso, pero ese primer instante en el que lo abracé, lo olí y lo besé (¿que mamífero verdad? Los partos lo son) me sentí tan unida a él como cuando éramos literalmente uno. Y es que para él, aún hoy seguimos siéndolo. Desde los cuatro meses lleva intentando entender y parece que lo consigue, que él es Oier y yo su “Ama”. Mejor dicho, que él es uno y yo soy otro. Le está costando, no sólo porque su cerebro es aún inmaduro para entenderlo, sino porque comprenderlo, descubrirlo y aceptarlo, duele. Si, duele. Y a ambos.

Hasta ahora Oier ha sido uno conmigo y ¡ahora es un ser independiente! Y… ¿Cómo se gestiona eso?

Oier pasó nueve meses en mi vientre con el relajante latido de mi corazón casi dentro suyo, era fantástico escuchar ese sonido que casi mecía. Escuchaba mi voz como si fuese música, lo más claro que ha oído nunca y se escuchaba suave y difuminada. Se mecía con el agua, buceando en ella, a una temperatura perfecta. Notaba la cercanía de su aita, escuchando desde el otro lado del vientre, hablándole bajito y tierno. Estaba acurrucadito en posición fetal, protegido y seguro. La luz era tenue para no tener que forzar la vista y poder dormir mucho y cuando quisiera.
Un día, las ganas de conocernos, la curiosidad por la vida, le llevó a nosotros. Y de repente comenzó a sentir el corazón lento, después rápido, en un par de horas le presionaba algo duro la cabeza, sentía frío, le molestaba la luz, la gente hablaba alto a su alrededor, los olores eran desconocidos, una presión en el pecho y comenzó a usar los pulmones… y podría seguir. Un adulto habría comenzado a correr, a huir. Pero Oier solo podía llorar.

Y por fin llegó, lo cogió un cálido abrazo, olía a aita, su piel, su calor, su voz y su seguridad. Paró de llorar. Y en un instante una voz conocida, una mirada tranquilizadora, una promesa… “Egunon bihotza, lasai, hemen nago, zainduko zaitut, ama naiz. Maite zaitut” (Buenos días corazón, tranquilo, estoy aquí, yo te cuido, soy la ama. Te quiero). Oier sólo miraba, atento, tranquilo, maravillado ante nuestros enamorados rostros, seguro, protegido.

Ya han pasado seis meses y seguimos cumpliendo la promesa, esa promesa que le da a nuestro cachorro la seguridad necesaria para descubrir en tranquilidad, para sentirse confiado en la vida aunque ésta le sobrepase, para ser. Precisamente esa fue la promesa de su aita pocas horas después de haber nacido. “Oier, puedes llorar, puedes reír, puedes ser. Tu sé como quieras que nosotros te acompañaremos y te querremos siempre” y así está siendo, nosotros le dejamos ser y él, es. Tampoco incumplimos esa promesa.

Por estas dos promesas:

Colechamos (dormimos juntos los tres), porque tenemos claro que es lo que sentimos más natural. No apartamos a Oier, él necesita la cercanía de sus protectores, es cuestión evolutiva. Hace mucho, en las cavernas, el que no lloraba no sólo no mamaba, sino que se lo comía un lobo. Eso está aun en nosotros hasta que aprendemos a confiar. Colechamos, le gusta y nos gusta.

Por su puesto, la lactancia es a demanda. Esto quiere decir cada dos horas, cada una, cada media… cada cuanto quiera Oier. Porque igual que nosotros no esperamos a llorar de hambre para ir al frigorífico a picar algo, Oier tampoco para tomar leche. El pecho no es sólo una forma de comer, también es consuelo, comunicación, afecto y si, también juego. Por eso no es leche a demanda, es teta a demanda. Le encanta y nos encanta que sea así.

También porteamos. Lo llevamos encima siempre que podemos. Porque el mundo lo debe descubrir desde la seguridad y protección del adulto. Porque se construye el apego de una forma más intensa, fácil y segura. Porque no es lo mismo el calor de un abrigo que el del contacto corporal, porque es mucho más cómodo que una silleta, porque se favorece el lenguaje y las relaciones sociales imitando al adulto, porque es fácil ver lo que quiere el bebé si tienes su carita y cuerpo pegado a ti… podría seguir. Oier disfruta y nosotros también.

No os preocupéis, todo esto lo hacemos con criterio, no porque no queramos que llore, que también, porque no vemos necesidad en ello, sino porque sentimos, sabemos y confiamos en esta forma de criar. No digo que tú lo hagas, no, lo que digo es que nosotros lo hacemos, y no porque si, sino porque seguimos y respetamos su ritmo evolutivo y madurativo. Nadie duerme con sus padres mucho más allá de los tres años y menos a los catorce. Nadie desayuna leche materna con café. Nadie va en silleta o en brazos de sus padres a su primera cita. En la mayoría de culturas esto es lo normal y no creo en el “demasiado amor”, “demasiado contacto”, “demasiados brazos”… esto no malcría. Quizás simplemente es que nosotros somos demasiado. Estamos malacostumbrando a nuestro hijo a lo que nosotros estamos malacostumbrados, por esas dos promesas, por nuestras dos promesas.

Y así, después de seis meses, somos felices viviendo horas: de risas, intensas, tranquilas, afortunadas, movidas, maravillosas, pesadas… preciosas. 

martes, 9 de febrero de 2016

LA ISLA


“Nunca, nunca, nunca se olvida a una abuela tan bonita como lo fue la mía”

13-4-2012

- ¿Te acuerdas cuando éramos niñas? Cómo nos lo pasábamos en el patio de la abuela… no parábamos de jugar en nuestra “isla secreta”, ¡qué imaginación! Los tendederos eran las palmeras en las que nos refugiábamos cuando llovía, los charcos de la lluvia eran la orilla de las playas en las que nos mojábamos los pies, las pinzas que se les caían a los vecinos eran los animales que cazábamos para comer y el tendedero de la abuela era una magnífica chabola en la que dormíamos cuando había ropa tendida. Jo, qué tiempos aquellos, bendita infancia. ¿Te acuerdas?

- Si, claro que me acuerdo, qué bien nos lo pasábamos.

Todos los domingos comienza la conversación de la misma forma. Todos los domingos voy a visitarla y todos los domingos hablamos de la “isla secreta” mientras tomamos el café. Debió de ser importante para ella, debió de disfrutar mucho en aquél patio con su hermana. Hace un mes que ya no me reconoce, al principio la corregía – no abuela, yo soy Amelia, tu nieta- pero su cara pasaba de la ilusión del recuerdo a la tristeza del olvido. No, ya no la corrijo. Prefiero disfrutar de su cara iluminada, de esos ojos llenos de brillo infantil, de sus historias tiernas, de sus fantasías. Su cara y su mente viajan a las únicas imágenes que recuerda con claridad, es precioso escucharla con tanta energía. La verdad es que es en el único lugar en el que demuestra tanta energía, en “la isla”,  en el recuerdo de su infancia. Su cuerpo se marchita semana a semana, comienza a ser doloroso verla. Su piel ya no brilla, ha perdido color y siempre está secando sus ojos, que brillan, pero por las lágrimas que siempre contiene. Es difícil, antes estaba deseando que llegase el domingo, ahora me cuesta mucho coger el coche para venir a compartir un rato con ella. Comienzo a irme con mal cuerpo de vuelta a casa. Pero por otra parte no puedo no venir a verla, la quiero tanto que me resulta imposible pensar en la idea de no poder compartir el café de los domingos y la historia de la isla.

-Bueno, yo ya me tengo que ir, ¿nos vemos el próximo domingo?

-Si cariño, nos vemos el domingo, si Dios quiere.

Cómo odio esa expresión…

20-4-2012

Domingo otra vez. Me llamaron el miércoles de la residencia, mi abuela ha pegado un bajón muy fuerte. Va en silla de ruedas y ya no reconoce prácticamente a nadie, así que me he propuesto pasar cada domingo como si fuera el último con ella, en “la isla”.

-Hola abuela, ¿Qué tal?

-Bien.

No me mira como antes. En sus ojos sólo veo una mirada perdida.

-Ven abuela, hoy no tomamos el café aquí, nos vamos de viaje.

-¿Qué?

Al abrir la puerta de su habitación y ver la isla… esa mirada maravillada y llena de ilusión ha sido mágica. Me han dado permiso para decorar su habitación, aunque dudo que esperasen algo así. He traído el patio de su abuela. Las palmeras, los animales, la chabola… solo me han faltado los charcos. Cuerdas de lado a lado de la habitación con sábanas colgadas, pinzas de tender en las esquinas de la habitación y, encima de su cama, ropa tendida. Todos los días dormirá en su chabola. La alegría que ha sentido ha sido indescriptible, durante más de cinco minutos ha estado observando la isla sin hablar y, después, lo mismo de todos los domingos ¿te acuerdas cómo nos lo pasábamos…?

18-5-2012

Hace cuatro semanas que vive en su isla, la disfruta mucho. No conoce a nadie, casi no habla y comienza a respirar mal por las noches, le falta el aire me dicen. El domingo pasado ni siquiera me miraba a los ojos, su mirada se pierde y se apaga, pero en su isla. Llevo una hora con ella y nuestra única posibilidad de comunicación es el contacto físico, así que le acaricio las manos, presiono para que sienta a su nieta aunque sólo sea un poquito. No sé si lo hago por ella o por mí. La debo dejar descansar…

-Abuela, me tengo que ir, nos vemos el domingo que viene, ¿vale? Te quiero.

-Si Amelia.

Amelia… lo ha dicho, mi abuela me ha reconocido… qué gran domingo en la isla, es mágica.

 

lunes, 4 de enero de 2016

SUEÑOS O REALIDAD


¡Qué maravilla de paisaje! Me encanta asomarme a la barandilla de la terraza de la casa de tío Alfonso. Es curioso, todo el mundo le llama tío Alfonso. No sólo sus sobrinos no, todo el pueblo. Ni siquiera él se acuerda de cuándo empezaron a llamarle así, de hecho, ni tenía sobrinos por aquella época. Apoyarme en esta barandilla y perderme en el paisaje es mi afición número uno desde que me rompí la pata. Qué horror ¡qué daño! mejor ni recordar el momento. Sobre todo por el ridículo que hice. No sólo fue el dolor, sino también aguantar la vergüenza de que me viese todo el restaurante cómo me acercaba a toda prisa, me estampaba contra el cristal y me caía al suelo, con la mala suerte de caer fatal y retorcerme de dolor al oír el crack. Siempre he sido torpe, he sobrevivido a base de golpes. Quizás por eso me encanta venir aquí y mirar, perderme en el paisaje, en el momento.

Desde aquí puedo disfrutar del silencio, coger aire profundamente y respirar. Qué maravilla. Meditar con el atardecer en frente es precioso, sobre todo en estas tardes de otoño en las que el sol todavía calienta mientras se empieza a notar el fresco del invierno que quiere llegar. El paisaje es completamente espectacular, con toda la gama de colores que acompaña a la estación, el monte enfrente y el río a la izquierda intuyéndose detrás de la línea de árboles amarillos, granates, verdes, marrones… A la derecha, el final del pueblo y el parque con los niños y niñas que aprovechan los últimos rayos de este precioso sol que está a punto de esconderse. Cómo me gustaría poder correr, saltar, deslizarme, reír, jugar… como los peques del parque. Paloma, paloma… deja de soñar, o mejor, dedícate a ello que no puedes hacer mucho más. Ojalá, siempre el ojalá en la cabeza. A veces dudo si es mejor vivir feliz en la fantasía de los sueños o será mejor bajar a la realidad y con un jarro de agua fría despertar y aceptar y vivir la vida que a cada una le toca… Fantasear da alas, da esperanza, objetivos, color. La realidad no, quizás eso es lo bonito de la vida, me cuesta verlo, pero eso es la vida. Es un lienzo en blanco deseando ser pintado. Tú le pones las alas, la esperanza, los objetivos y el color. Qué bonito, qué gran oportunidad la vida.

¡Uy! Me voy que viene tío Alfonso con la escoba.

-Venga ¡fuera! ¡Me lo pones todo perdido! Putas palomas…

viernes, 11 de diciembre de 2015

ELLA


(Este relato ya no me pertenece, hace tiempo que se lo regalé a mi compi. Por tu cumple… Zorionak bihotza!)

Estoy tumbado y tengo algo rozándome la cara. Es suave, muy suave. Es agradable que algo tan suave me acaricie la frente, la nariz, los labios. Creo que es una mantita de esas que uso para dormir mejor. Me encanta acostarme con algo así a mi lado ya que cada día veo algo nuevo de la vida que la hace menos suave.

Hace un tiempo descubrí lo que era frustrarse de verdad. Antes ya me había enfadado y entristecido. Estar nervioso, ansioso, irritable, sentirse incomprendido, manejado… no son conceptos nuevos para mí, los he vivido. Mi vida no ha sido fácil. Quizás por eso todavía duermo con una mantita. La vida en general no es fácil, es un camino muy difícil, de alto riesgo diría yo. Riesgo para nuestra salud física y sobretodo emocional. En fin, a lo que iba, he sufrido, también he sido feliz, pero he sido manejado y dominado y creedme, no es agradable. Me he dejado llevar porque nunca he tenido fuerza suficiente para impedirlo, nunca me he sentido capaz de decir “NO”. Un buen día decidí que si yo no luchaba por mí, nadie lo haría, así que comencé a reunir el valor de decir esa palabra que tanto miedo me daba y que tanto me cuesta aún hoy decir. “NO”. No es fácil decirlo cuando tienes miedo a las represalias, cuando sientes que pueden dejar de quererte por decirlo, tampoco es sencillo decirlo cuando sabes que no va a servir de nada. Normalmente cuando he dicho que “NO”, ha servido de poco y eso frustra, mucho además. Hay que sacar mucha fuerza para no rendirse y seguir diciendo que no, aunque esa vez no te hagan caso y sigan frustrándote, sin respetarte, sin valorarte… hay que sacar fuerza e insistencia para poner un “NO” en ti. La verdad, lo que supone es un duro esfuerzo y un difícil camino de frustración, es muy cansado que no te hagan caso. Pero es que esto soy yo, yo soy así, y tienes que verlo, entenderlo, comprenderlo. Porque tengo el mismo derecho que tú a opinar, a decidir, a ser. Este soy yo y me gusto… ¿o no? ¿Me gusta cómo soy? y ¿Quién soy en realidad? Esa es mi gran frustración, que no sé quién soy, quién ser, qué se espera de mi... Ella siempre me dice: “a mí me gusta cómo eres, hagas lo que hagas, me gustas, te quiero. Te dejo que me digas “NO”, te dejo que te enfades… porque ese eres tú, con enfados, con el “NO”, con personalidad. Yo estoy aquí contigo, te comprendo y te quiero” ella… es tan… tan… es increíble, es preciosa.

Es importante que diga que mi vida también está llena de felicidad, siempre he tenido momentos felices. Recuerdo muchas caricias, momentos tiernos con mi ama y mi aita. Hemos jugado mucho juntos. La verdad es que se han desvivido siempre por mí, me quieren más que a nada en el mundo, son adorables. Me han dado muchos dolores de cabeza, pero siempre se han sentido maravillados por mí y me han dado lo que han podido y más. Han sido unos padres muy implicados y por ello los quiero con locura. No cambiaría por nada del mundo esos recuerdos de mis padres mirándome maravillados, acariciándome la espalda desnuda mientras yo dormía en mi camita. Mi madre siempre tenía las manos algo más frías que mi cuerpo, no sé como describirlo, porque eran frías pero agradables, tenía la capacidad de hacer agradables todas sus caricias, quizás era que me las transmitía desde el corazón, desde las entrañas. Mi padre en cambio siempre las tenía calientes, aún hoy sus manos siguen siendo calientes, algo ásperas, pero esperaba con muchísimas ganas el momento de irme a dormir para que sus manos acariciasen mi espalda. Yo dormía boca abajo y mi camiseta del pijama se resbalaba dejándome la espalda desnuda y vulnerable al frío, ahí es donde aprovechaban mis padres para acariciarme lenta y delicadamente. Era un momento precioso. Precioso de verdad.

 

Sigo tumbado, y noto una mano acariciándome la espalda. Es delicada, muy tierna, me encanta. Es una forma maravillosa de despertarme, incluso de dormirme. Me susurra y besa en el cuello, cerca del oído. Hasta su aliento es delicado. Sé quién es, es ella, quien me comprende, quien me espera, quien me acompaña, quien se desespera, quien se irrita, quien me quiere y me vuelve a querer. Ella me respeta y valora. Abro un ojo seguido del otro. De repente hay mucha luz y me cuesta enfocar. Por fin la veo. Sus ojos, sus labios, su voz tan agradable y tierna. Me saluda, me da tiempo, espera, espera… y por fin mi cuerpo logra desperezarse y articular palabra. “Hola Sara”. Estoy en la escuela. Es hora de ponerse los zapatos porque ha venido mi ama a buscarme.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Mi acantilado

Tantas y tantas veces observando este paisaje. Tantas y tantas veces volviendo al mismo punto. El aire sopla delicado, tierno, y el día casi siempre está gris. Es una mezcla de cielo cubierto y bruma de mar. Un mar que choca atento contra las rocas que se ven abajo del acantilado. Es magnífico verlo y sentir con algo de vértigo como allí abajo se crea la espuma, esa espuma resultado de la emoción que transmite el mar, demostrando lo fuerte y grandioso que puede ser comparado conmigo, aquí arriba admirando y pensando en lo curioso de la vida.  La verdad es que es un lugar extraordinario, solitario, necesario, tranquilo, anhelado. Un lugar que me ayuda a pensar, a recapacitar, a soñar. No es un paisaje alegre, tampoco triste, es un paisaje mágico porque tiene la capacidad de enseñarme lo que siento, de hundirme en mis sentimientos. Es un paisaje que proyecta mi estado de ánimo, por eso vengo a valorar y trabajar mis peores momentos.

Me acuerdo de mi primera vez aquí a los 9 años. Me trajo mi abuelo. Estaba triste, él no solía sonreír, pero tampoco lo había visto triste hasta entonces. Aquí me explicó con serenidad y delicadeza que la abuela estaba enferma, estaba muriéndose. Siempre recordaré aquél sonido, el sonido del corazón de mi abuelo partiéndose en dos. Un trozo se lo llevó mi abuela y el otro me lo quedé yo cuando él se fue. Volví a mi acantilado en las dos ocasiones, a llorar a mis dos corazones. Con 16 años regresé, necesitaba gritar, esta vez de euforia y alegría, por mi primer beso. Me tumbé al borde del acantilado mirando hacia abajo, sonreí y soñé durante casi dos horas, hasta que entumecida por el frío volví a casa. Ya no pisé aquél lugar hasta años más tarde, cuando necesité reflexionar y llenar mi ser de fuerzas para superar el cáncer de mi madre, algo muy repentino que me asustaba profundamente, pero confié en las fuerzas de aquél paisaje eterno. Poco después me arrastré hacia allí y lloré, grité, me desgarré por dentro. Mi madre, tras mucho sufrimiento, murió. Lo curioso es que descansé mucho después de ese día, creo que los sentimientos me tenían agotada y sin fuerzas, el poder vomitarlos literalmente por el acantilado me ayudó. Ese día no hacía frío, tampoco calor, el lugar no me afectaba. Toda la energía, el calor y el frío lo llevaba yo dentro. A los dos años allí comenzó mi luna de miel. Yo recuerdo que el sol brillaba, pero Aitor asegura que el día era gris. El lugar traslada lo que siento, yo lo recordaré siempre con sol. Nos tumbamos en el acantilado y le mostré a Aitor las vistas del mar, de las olas, de la espuma y él me mostró el otro lado, miramos hacia el cielo. Nos reímos, nos besamos, soñamos e inventamos un futuro. Fue una tarde maravillosa.

En este momento me encuentro en mi última visita al acantilado, que tanto me ha ayudado a trabajar y expresar mis emociones, a valorar mis sentimientos y verme por dentro y por fuera. Me doy cuenta de que soy una persona que se queda fijada en los disgustos de la vida, nunca he sido optimista, más bien me considero pesimista. Mi cabeza es más positiva, pero mis entrañas le dan mucha importancia a lo difícil, a lo molesto de la vida. Hace tres meses me diagnosticaron un cáncer de útero. Aitor supera rápido las dificultades, “lo superaremos” dice, “tener hijos no lo es todo” deja caer. Hace semanas que no nos abrazamos. Yo no soy como él. Así que aquí estoy, haciendo un repaso de mi camino por la vida. No me siento bien, estoy hundida, destrozada, angustiada y aterrorizada. No puedo con mi cuerpo, el cáncer me pesa, el día a día me pesa, ya no puedo más. Sólo tengo fuerzas para llorar, y desgasto muchas.

Miro al acantilado, está más alto de lo normal, veo el mar muy lejano. Lo observo durante mucho rato, le doy las gracias, no sé muy bien a qué, pero agradezco a esta energía todo lo que me ha aportado. Y lloro. Y sigo llorando. Me acerco otra vez al acantilado a sentir ese vértigo que da la vida y el lugar. Respiro hondo. Dice la gente que en los últimos segundos todo el mundo se arrepiente… yo no.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Eres precioso


Te miro y aún no me lo creo. No puedo creer que estés aquí, en mis brazos, en mis miradas, en mis sonrisas, en mis planes… junto a mí. Fue un proceso bonito, incluso perfecto, no lo cambiaría. El deseo, la espera, los planes, las ilusiones, llevarte en mí, dentro de mí. Es complicado, no sabría explicar cómo pude enamorarme de ti tan pronto y sin tan siquiera haberte conocido, es un amor increíblemente fuerte, no se rompe por muchos momentos difíciles y duros que pasemos juntos, por mucha desesperación que sintamos, por muchas lágrimas que se escapen, por muchas dudas que surjan y por mucho cansancio que carguemos, este amor es fuerte, es resistente, es enorme. Fueron muchos meses los que te esperé y jamás habría podido imaginar cómo serías o como serían nuestros momentos, nuestras vidas. Pude fantasear y lo hice, pero nunca habría podido alcanzar a ver lo bonito que es tenerte en mi vida. Eres precioso.

Llegaste a los brazos de tu aita un 17 de septiembre después de luchar, resistir y no parar ni un segundo por respirar nuestro aliento, lo hiciste genial y te acompañamos en el proceso desde el principio hasta el final con mucha fuerza y concentración, estuvimos tu aita y ama contigo, no te dejamos ni un segundo, siempre conectados. Al muy poquito de que el aire entrase en tus pulmones y de que pudieses respirar el cálido aroma del aita, pudiste respirar la ternura con la que yo te esperaba. Ya lloraba de felicidad cuando me abrazaste y seguí mientras nos fundimos piel con piel, pecho con pecho, corazón con corazón. No pude controlar como viniste al mundo, tampoco lo esperaba hacer y tampoco fue lo que esperaba, pero puedo asegurar que nada interfirió en esos minutos en los que te miré, te olí, te besé y te sostuve a la vez que tú me mirabas en silencio, atento y tranquilo. Fue un momento casi tan hermoso como el que segundos más tarde tuvimos con tu aita. Los dos llorábamos mientras nos besábamos, te mirábamos y nos fundíamos esta vez los tres. Nos mirabas tan pequeñito y con unos ojos tan grandes cargados de interés y ganas de ver y vivir. Eres precioso.

Desde que te vimos por primera vez nuestra vida cambió, creo que es imposible que no cambiara. Han sido casi dos meses ya los que hemos vivido cargados de momentos intensos, tiernos, divertidos, preciosos. Mirarte se ha convertido en mi pasión y tenerte en brazos no es una elección, es un gusto. Tus miradas son capaces de calmar cualquier angustia, tu voz puede sacar una sonrisa a un rostro desesperado, tus gestos saben parar el mundo y tu sonrisa sacude el más grande de los cansancios contagiando a cualquier bostezo y convirtiéndolo en una gran sonrisa tierna y llena de amor. No sería la primera vez que me levantas de madrugada ya despejado y yo muero de cansancio, creo que no podré con el largo día, siento que mi vida pesa, que mi amor por ti se derretirá si seguimos así y que mi desesperación e irritabilidad va en aumento conforme me levanto y enciendo la luz para ir al salón a aguantar las horas. Pero de repente al encender la luz veo como sonríes y tu rostro me ilumina, con tan solo una sonrisa de lado a lado de tu cara eres capaz de que todo lo negativo desaparezca de mi mente, que mi cuerpo deje de pesar y que te coja mientras te beso para ir al salón a disfrutar las horas. Eres precioso.

Puedo asegurar que ser madre o padre es algo complicado, nunca habría imaginado las contradicciones que se llegan a sentir cuando sabes que es mejor para tu bebé pero lo poco cómodo que es para ti y para tu vida. Mi libertad como mujer se paraliza por amamantarte a demanda, a veces siento que estoy todo el día pegada a ti por ello, pero a su vez no concibo la lactancia materna de otra manera, no podría hacerlo de otro modo. Te porteo durante todo el día por gusto y convicción, aunque esto haga que no pueda casi ni ir al baño sin ti. Disfruto del colecho aunque esto suponga alguna que otra crítica, consejo o comentario inoportuno, nunca negaré que me encanta acostarme contigo. Por ello llego a la conclusión de que esto es amor con mayúsculas, porque aunque sea difícil, duro y ate muchísimo, qué no haría yo por ti pequeño, por tu salud, por tu felicidad. Esto es amor. Me merece la pena, nos merece la pena. Y es que eres precioso.

Dicen que el primer mes es el más difícil. Quizás yo diría que los dos primeros meses son los que más dudas generan. Pero es cuestión de conocerse como madre, de conocer a tu pequeño, de que el nuevo bebé se adapte al mundo y tú acompañes esa adaptación. Es cuestión de paciencia, amor y actitud. Es cuestión de ver la maternidad y la paternidad como lo que es, como un acompañamiento a tu hijo en su vida, en formarse como niño, más tarde como joven y después como adulto. Cómo no te voy a acompañar con todo lo que tú me acompañas como madre, con todo  lo que haces por mí, con todo lo que me das y aportas, con tanto que me enseñas… tú no lo sabes, pero eres muy importante, eres único, no hay nadie como tu mi amor. Tu ser te hace único a ti como hijo nuestro y únicos a nosotros como tus gurasos. Eres precioso.

Eres precioso. Eres fácil de sentir, eres fácil de amar, eres fácil de mirar, eres fácil de abrazar, eres fácil de besar… sin embargo, que difícil eres de olvidar.