miércoles, 16 de marzo de 2016

6 MESES DESPUÉS


Igual que con el primer relato, aquí estoy, con Oier en brazos escribiendo emocionada. Se ha quedado dormido encima de mío, en mis brazos, en mi abrazo.

Ya han pasado seis meses desde que Oier decidió venir al mundo, venir a descubrir la vida, nacer para asombrarnos cada día, tener un sitio en esta familia y observar absolutamente todo con esos enormes y maravillosos ojos. Desde que me fundí en un abrazo con él, no he parado de mirarlo, de enamorarme, de querer besarle. Es curioso, pero ese primer instante en el que lo abracé, lo olí y lo besé (¿que mamífero verdad? Los partos lo son) me sentí tan unida a él como cuando éramos literalmente uno. Y es que para él, aún hoy seguimos siéndolo. Desde los cuatro meses lleva intentando entender y parece que lo consigue, que él es Oier y yo su “Ama”. Mejor dicho, que él es uno y yo soy otro. Le está costando, no sólo porque su cerebro es aún inmaduro para entenderlo, sino porque comprenderlo, descubrirlo y aceptarlo, duele. Si, duele. Y a ambos.

Hasta ahora Oier ha sido uno conmigo y ¡ahora es un ser independiente! Y… ¿Cómo se gestiona eso?

Oier pasó nueve meses en mi vientre con el relajante latido de mi corazón casi dentro suyo, era fantástico escuchar ese sonido que casi mecía. Escuchaba mi voz como si fuese música, lo más claro que ha oído nunca y se escuchaba suave y difuminada. Se mecía con el agua, buceando en ella, a una temperatura perfecta. Notaba la cercanía de su aita, escuchando desde el otro lado del vientre, hablándole bajito y tierno. Estaba acurrucadito en posición fetal, protegido y seguro. La luz era tenue para no tener que forzar la vista y poder dormir mucho y cuando quisiera.
Un día, las ganas de conocernos, la curiosidad por la vida, le llevó a nosotros. Y de repente comenzó a sentir el corazón lento, después rápido, en un par de horas le presionaba algo duro la cabeza, sentía frío, le molestaba la luz, la gente hablaba alto a su alrededor, los olores eran desconocidos, una presión en el pecho y comenzó a usar los pulmones… y podría seguir. Un adulto habría comenzado a correr, a huir. Pero Oier solo podía llorar.

Y por fin llegó, lo cogió un cálido abrazo, olía a aita, su piel, su calor, su voz y su seguridad. Paró de llorar. Y en un instante una voz conocida, una mirada tranquilizadora, una promesa… “Egunon bihotza, lasai, hemen nago, zainduko zaitut, ama naiz. Maite zaitut” (Buenos días corazón, tranquilo, estoy aquí, yo te cuido, soy la ama. Te quiero). Oier sólo miraba, atento, tranquilo, maravillado ante nuestros enamorados rostros, seguro, protegido.

Ya han pasado seis meses y seguimos cumpliendo la promesa, esa promesa que le da a nuestro cachorro la seguridad necesaria para descubrir en tranquilidad, para sentirse confiado en la vida aunque ésta le sobrepase, para ser. Precisamente esa fue la promesa de su aita pocas horas después de haber nacido. “Oier, puedes llorar, puedes reír, puedes ser. Tu sé como quieras que nosotros te acompañaremos y te querremos siempre” y así está siendo, nosotros le dejamos ser y él, es. Tampoco incumplimos esa promesa.

Por estas dos promesas:

Colechamos (dormimos juntos los tres), porque tenemos claro que es lo que sentimos más natural. No apartamos a Oier, él necesita la cercanía de sus protectores, es cuestión evolutiva. Hace mucho, en las cavernas, el que no lloraba no sólo no mamaba, sino que se lo comía un lobo. Eso está aun en nosotros hasta que aprendemos a confiar. Colechamos, le gusta y nos gusta.

Por su puesto, la lactancia es a demanda. Esto quiere decir cada dos horas, cada una, cada media… cada cuanto quiera Oier. Porque igual que nosotros no esperamos a llorar de hambre para ir al frigorífico a picar algo, Oier tampoco para tomar leche. El pecho no es sólo una forma de comer, también es consuelo, comunicación, afecto y si, también juego. Por eso no es leche a demanda, es teta a demanda. Le encanta y nos encanta que sea así.

También porteamos. Lo llevamos encima siempre que podemos. Porque el mundo lo debe descubrir desde la seguridad y protección del adulto. Porque se construye el apego de una forma más intensa, fácil y segura. Porque no es lo mismo el calor de un abrigo que el del contacto corporal, porque es mucho más cómodo que una silleta, porque se favorece el lenguaje y las relaciones sociales imitando al adulto, porque es fácil ver lo que quiere el bebé si tienes su carita y cuerpo pegado a ti… podría seguir. Oier disfruta y nosotros también.

No os preocupéis, todo esto lo hacemos con criterio, no porque no queramos que llore, que también, porque no vemos necesidad en ello, sino porque sentimos, sabemos y confiamos en esta forma de criar. No digo que tú lo hagas, no, lo que digo es que nosotros lo hacemos, y no porque si, sino porque seguimos y respetamos su ritmo evolutivo y madurativo. Nadie duerme con sus padres mucho más allá de los tres años y menos a los catorce. Nadie desayuna leche materna con café. Nadie va en silleta o en brazos de sus padres a su primera cita. En la mayoría de culturas esto es lo normal y no creo en el “demasiado amor”, “demasiado contacto”, “demasiados brazos”… esto no malcría. Quizás simplemente es que nosotros somos demasiado. Estamos malacostumbrando a nuestro hijo a lo que nosotros estamos malacostumbrados, por esas dos promesas, por nuestras dos promesas.

Y así, después de seis meses, somos felices viviendo horas: de risas, intensas, tranquilas, afortunadas, movidas, maravillosas, pesadas… preciosas. 

martes, 9 de febrero de 2016

LA ISLA


“Nunca, nunca, nunca se olvida a una abuela tan bonita como lo fue la mía”

13-4-2012

- ¿Te acuerdas cuando éramos niñas? Cómo nos lo pasábamos en el patio de la abuela… no parábamos de jugar en nuestra “isla secreta”, ¡qué imaginación! Los tendederos eran las palmeras en las que nos refugiábamos cuando llovía, los charcos de la lluvia eran la orilla de las playas en las que nos mojábamos los pies, las pinzas que se les caían a los vecinos eran los animales que cazábamos para comer y el tendedero de la abuela era una magnífica chabola en la que dormíamos cuando había ropa tendida. Jo, qué tiempos aquellos, bendita infancia. ¿Te acuerdas?

- Si, claro que me acuerdo, qué bien nos lo pasábamos.

Todos los domingos comienza la conversación de la misma forma. Todos los domingos voy a visitarla y todos los domingos hablamos de la “isla secreta” mientras tomamos el café. Debió de ser importante para ella, debió de disfrutar mucho en aquél patio con su hermana. Hace un mes que ya no me reconoce, al principio la corregía – no abuela, yo soy Amelia, tu nieta- pero su cara pasaba de la ilusión del recuerdo a la tristeza del olvido. No, ya no la corrijo. Prefiero disfrutar de su cara iluminada, de esos ojos llenos de brillo infantil, de sus historias tiernas, de sus fantasías. Su cara y su mente viajan a las únicas imágenes que recuerda con claridad, es precioso escucharla con tanta energía. La verdad es que es en el único lugar en el que demuestra tanta energía, en “la isla”,  en el recuerdo de su infancia. Su cuerpo se marchita semana a semana, comienza a ser doloroso verla. Su piel ya no brilla, ha perdido color y siempre está secando sus ojos, que brillan, pero por las lágrimas que siempre contiene. Es difícil, antes estaba deseando que llegase el domingo, ahora me cuesta mucho coger el coche para venir a compartir un rato con ella. Comienzo a irme con mal cuerpo de vuelta a casa. Pero por otra parte no puedo no venir a verla, la quiero tanto que me resulta imposible pensar en la idea de no poder compartir el café de los domingos y la historia de la isla.

-Bueno, yo ya me tengo que ir, ¿nos vemos el próximo domingo?

-Si cariño, nos vemos el domingo, si Dios quiere.

Cómo odio esa expresión…

20-4-2012

Domingo otra vez. Me llamaron el miércoles de la residencia, mi abuela ha pegado un bajón muy fuerte. Va en silla de ruedas y ya no reconoce prácticamente a nadie, así que me he propuesto pasar cada domingo como si fuera el último con ella, en “la isla”.

-Hola abuela, ¿Qué tal?

-Bien.

No me mira como antes. En sus ojos sólo veo una mirada perdida.

-Ven abuela, hoy no tomamos el café aquí, nos vamos de viaje.

-¿Qué?

Al abrir la puerta de su habitación y ver la isla… esa mirada maravillada y llena de ilusión ha sido mágica. Me han dado permiso para decorar su habitación, aunque dudo que esperasen algo así. He traído el patio de su abuela. Las palmeras, los animales, la chabola… solo me han faltado los charcos. Cuerdas de lado a lado de la habitación con sábanas colgadas, pinzas de tender en las esquinas de la habitación y, encima de su cama, ropa tendida. Todos los días dormirá en su chabola. La alegría que ha sentido ha sido indescriptible, durante más de cinco minutos ha estado observando la isla sin hablar y, después, lo mismo de todos los domingos ¿te acuerdas cómo nos lo pasábamos…?

18-5-2012

Hace cuatro semanas que vive en su isla, la disfruta mucho. No conoce a nadie, casi no habla y comienza a respirar mal por las noches, le falta el aire me dicen. El domingo pasado ni siquiera me miraba a los ojos, su mirada se pierde y se apaga, pero en su isla. Llevo una hora con ella y nuestra única posibilidad de comunicación es el contacto físico, así que le acaricio las manos, presiono para que sienta a su nieta aunque sólo sea un poquito. No sé si lo hago por ella o por mí. La debo dejar descansar…

-Abuela, me tengo que ir, nos vemos el domingo que viene, ¿vale? Te quiero.

-Si Amelia.

Amelia… lo ha dicho, mi abuela me ha reconocido… qué gran domingo en la isla, es mágica.

 

lunes, 4 de enero de 2016

SUEÑOS O REALIDAD


¡Qué maravilla de paisaje! Me encanta asomarme a la barandilla de la terraza de la casa de tío Alfonso. Es curioso, todo el mundo le llama tío Alfonso. No sólo sus sobrinos no, todo el pueblo. Ni siquiera él se acuerda de cuándo empezaron a llamarle así, de hecho, ni tenía sobrinos por aquella época. Apoyarme en esta barandilla y perderme en el paisaje es mi afición número uno desde que me rompí la pata. Qué horror ¡qué daño! mejor ni recordar el momento. Sobre todo por el ridículo que hice. No sólo fue el dolor, sino también aguantar la vergüenza de que me viese todo el restaurante cómo me acercaba a toda prisa, me estampaba contra el cristal y me caía al suelo, con la mala suerte de caer fatal y retorcerme de dolor al oír el crack. Siempre he sido torpe, he sobrevivido a base de golpes. Quizás por eso me encanta venir aquí y mirar, perderme en el paisaje, en el momento.

Desde aquí puedo disfrutar del silencio, coger aire profundamente y respirar. Qué maravilla. Meditar con el atardecer en frente es precioso, sobre todo en estas tardes de otoño en las que el sol todavía calienta mientras se empieza a notar el fresco del invierno que quiere llegar. El paisaje es completamente espectacular, con toda la gama de colores que acompaña a la estación, el monte enfrente y el río a la izquierda intuyéndose detrás de la línea de árboles amarillos, granates, verdes, marrones… A la derecha, el final del pueblo y el parque con los niños y niñas que aprovechan los últimos rayos de este precioso sol que está a punto de esconderse. Cómo me gustaría poder correr, saltar, deslizarme, reír, jugar… como los peques del parque. Paloma, paloma… deja de soñar, o mejor, dedícate a ello que no puedes hacer mucho más. Ojalá, siempre el ojalá en la cabeza. A veces dudo si es mejor vivir feliz en la fantasía de los sueños o será mejor bajar a la realidad y con un jarro de agua fría despertar y aceptar y vivir la vida que a cada una le toca… Fantasear da alas, da esperanza, objetivos, color. La realidad no, quizás eso es lo bonito de la vida, me cuesta verlo, pero eso es la vida. Es un lienzo en blanco deseando ser pintado. Tú le pones las alas, la esperanza, los objetivos y el color. Qué bonito, qué gran oportunidad la vida.

¡Uy! Me voy que viene tío Alfonso con la escoba.

-Venga ¡fuera! ¡Me lo pones todo perdido! Putas palomas…