(Este
relato ya no me pertenece, hace tiempo que se lo regalé a mi compi. Por tu
cumple… Zorionak bihotza!)
Estoy tumbado y tengo algo
rozándome la cara. Es suave, muy suave. Es agradable que algo tan suave me
acaricie la frente, la nariz, los labios. Creo que es una mantita de esas que
uso para dormir mejor. Me encanta acostarme con algo así a mi lado ya que cada
día veo algo nuevo de la vida que la hace menos suave.
Hace un tiempo descubrí lo que era frustrarse
de verdad. Antes ya me había enfadado y entristecido. Estar nervioso, ansioso,
irritable, sentirse incomprendido, manejado… no son conceptos nuevos para mí,
los he vivido. Mi vida no ha sido fácil. Quizás por eso todavía duermo con una
mantita. La vida en general no es fácil, es un camino muy difícil, de alto
riesgo diría yo. Riesgo para nuestra salud física y sobretodo emocional. En
fin, a lo que iba, he sufrido, también he sido feliz, pero he sido manejado y
dominado y creedme, no es agradable. Me he dejado llevar porque nunca he tenido
fuerza suficiente para impedirlo, nunca me he sentido capaz de decir “NO”. Un
buen día decidí que si yo no luchaba por mí, nadie lo haría, así que comencé a
reunir el valor de decir esa palabra que tanto miedo me daba y que tanto me
cuesta aún hoy decir. “NO”. No es fácil decirlo cuando tienes miedo a las represalias,
cuando sientes que pueden dejar de quererte por decirlo, tampoco es sencillo
decirlo cuando sabes que no va a servir de nada. Normalmente cuando he dicho
que “NO”, ha servido de poco y eso frustra, mucho además. Hay que sacar mucha
fuerza para no rendirse y seguir diciendo que no, aunque esa vez no te hagan
caso y sigan frustrándote, sin respetarte, sin valorarte… hay que sacar fuerza
e insistencia para poner un “NO” en ti. La verdad, lo que supone es un duro
esfuerzo y un difícil camino de frustración, es muy cansado que no te hagan
caso. Pero es que esto soy yo, yo soy así, y tienes que verlo, entenderlo,
comprenderlo. Porque tengo el mismo derecho que tú a opinar, a decidir, a ser.
Este soy yo y me gusto… ¿o no? ¿Me gusta cómo soy? y ¿Quién soy en realidad?
Esa es mi gran frustración, que no sé quién soy, quién ser, qué se espera de
mi... Ella siempre me dice: “a mí me gusta cómo eres, hagas lo que hagas, me
gustas, te quiero. Te dejo que me digas “NO”, te dejo que te enfades… porque
ese eres tú, con enfados, con el “NO”, con personalidad. Yo estoy aquí contigo,
te comprendo y te quiero” ella… es tan… tan… es increíble, es preciosa.
Es importante que diga que mi vida también
está llena de felicidad, siempre he tenido momentos felices. Recuerdo muchas
caricias, momentos tiernos con mi ama y mi aita. Hemos jugado mucho juntos. La
verdad es que se han desvivido siempre por mí, me quieren más que a nada en el
mundo, son adorables. Me han dado muchos dolores de cabeza, pero siempre se han
sentido maravillados por mí y me han dado lo que han podido y más. Han sido
unos padres muy implicados y por ello los quiero con locura. No cambiaría por
nada del mundo esos recuerdos de mis padres mirándome maravillados,
acariciándome la espalda desnuda mientras yo dormía en mi camita. Mi madre
siempre tenía las manos algo más frías que mi cuerpo, no sé como describirlo,
porque eran frías pero agradables, tenía la capacidad de hacer agradables todas
sus caricias, quizás era que me las transmitía desde el corazón, desde las
entrañas. Mi padre en cambio siempre las tenía calientes, aún hoy sus manos
siguen siendo calientes, algo ásperas, pero esperaba con muchísimas ganas el
momento de irme a dormir para que sus manos acariciasen mi espalda. Yo dormía
boca abajo y mi camiseta del pijama se resbalaba dejándome la espalda desnuda y
vulnerable al frío, ahí es donde aprovechaban mis padres para acariciarme lenta
y delicadamente. Era un momento precioso. Precioso de verdad.
Sigo tumbado, y noto una mano
acariciándome la espalda. Es delicada, muy tierna, me encanta. Es una forma
maravillosa de despertarme, incluso de dormirme. Me susurra y besa en el
cuello, cerca del oído. Hasta su aliento es delicado. Sé quién es, es ella,
quien me comprende, quien me espera, quien me acompaña, quien se desespera, quien
se irrita, quien me quiere y me vuelve a querer. Ella me respeta y valora. Abro
un ojo seguido del otro. De repente hay mucha luz y me cuesta enfocar. Por fin
la veo. Sus ojos, sus labios, su voz tan agradable y tierna. Me saluda, me da
tiempo, espera, espera… y por fin mi cuerpo logra desperezarse y articular
palabra. “Hola Sara”. Estoy en la escuela. Es hora de ponerse los zapatos
porque ha venido mi ama a buscarme.
Aaayy! Por más veces que lo lea me sigue emocionando como la primera vez... mil gracias por algo tan especial y único!!!! Te quiero y te echo de menos.
ResponderEliminarAaayy! Por más veces que lo lea me sigue emocionando como la primera vez... mil gracias por algo tan especial y único!!!! Te quiero y te echo de menos.
ResponderEliminarBihotza! Me alegro que sea tan especial para ti, es lo que pretenden mis relatos, aunque sea solo para una persona, ser especiales. Y este está hecho especialmente para ti. Y tranqui... ¡volveré! ;)
ResponderEliminarMila muxu maiti!!!